martes, 3 de marzo de 2015

EL VIEJO RETRATO


Hola a todos, hoy os quiero mostrar un relato mío llamado "El viejo retrato". Dicho relato está incluído en mi libro "Aromas del atardecer". Espero que sea de vuestro agrado.

                           


                                      

 

EL VIEJO RETRATO*





     Lo    mataron   en   la   guerra.   Era músico  y  tocaba el acordeón en los bailes del pueblo.

     Eso fue lo que me contaron días más tarde.

     Supe de él,  por  el viejo retrato, el que está colgado en el salón de mi casa.  Me gusta contemplarlo, en especial en las tardes  lluviosas  como  esta.   Quizás  sea  el  embrujo  que contienen  las tardes tristes,  cuando el agua resbala  por los cristales  de  la ventana,   y  la  estancia  parece  llenarse   de melancolía.   Y  el  cielo  gris  soporta  los   gemidos  de   la tormenta.

     Horas  que  transcurren   despacio  mientras  paladeo  el humeante  café.  Aspiro su aroma, y miro los rostros que se asoman en la vieja fotografía.

     Como ahora sé algo más de sus vidas, siento una intensa admiración por ellos,  y los noto como más  cercanos. Parecen  hablarme  a  través  del   viejo  retrato  al  saberme cómplice de sus secretos.

     Como fantasmas de un tiempo  pasado,  quieren  acunar  sus instantes  para impregnar de vida a la imagen.

     Es  el  retrato en blanco  y  negro  de un  hombre y  una mujer.   Es  una  foto  antigua,  parece  haber  sido  tomada alrededor   de  los  años  treinta  del  pasado  siglo.   Y  está encuadrada en un marco dorado.

     El  decorado  es  típico  de estudio,  con un color gris de fondo  y  unos  cuantos objetos de adorno que  acompañan a la pareja en la foto. Los dos son jóvenes y miran al frente, seguramente al fotógrafo que les está retratando.

     Probablemente,  este  sea el  retrato de su  boda.  Esto se deduce por los ropajes que llevan, que aún siendo sencillos, lucen  con  elegancia.   También  se  puede  adivinar  por  la mirada  de  sus  ojos,  que  tienen  ese  aire  solemne  de  las ceremonias;     además   de   un   ligero   matiz   de   felicidad compartida y confianza mutua.

     El  hombre  está  sentado,  no  parece ser muy  alto.   La mujer  de  pie  a  su  lado,  apoya  la  mano  en  su  hombro.   Su  gesto  desenvuelto,  se  asemeja   a  un acto cariñoso de amor por  su parte.

     Fijándose con detalle en el rostro  masculino,  se aprecia su  hermosura.   Es  muy  guapo,   parece  un  galán  de  las películas de antaño.  Va peinado con la raya al medio,  tiene los  ojos  claros,   muy  bonitos. Mas, no se puede saber su color  exactamente;  el  blanco  y  negro  de la fotografía  lo impide,  pero  bien pudieran ser azules o verdes,  o  de color  miel.

     Ella es delgada y menuda, pero tiene un cuerpo proporcionado. Su cara no es tan hermosa como la de su compañero,  no obstante, posee una peculiar belleza. Expresa   serenidad   y  fortaleza.  Al  mirarla,   se  tiene   la impresión  de   que   fue  una   gran   mujer,   de  naturaleza tranquila y valiente.

     Se  intuye   por  el  mensaje  que  emiten  sus  ojos,   que aparentemente  pacientes,  parecen  invitar  a  compartir  su energía  vital;   esa  energía  que  ha  quedado  impresa en la fotografía y que puede sentirse  al observarla.

     Un  relámpago   hace  acto   de  presencia  y  durante un segundo ilumina el salón.  Porque estoy  arropada sólo  con  la tenue luz de una vela,  ya que  hace dos horas, que un apagón eléctrico sumió la casa en la oscuridad.

       Pero no tengo miedo. En ese estado de semipenumbra, los  rostros  del  viejo retrato parecen más  misteriosos.  Me los sé de memoria, sus rasgos, sus cabellos, sus sonrisas…

     En  esta  tarde  de  tormenta,  la  casa se ha quedado  en silencio para escuchar como la furia de la  naturaleza parece cantarle una emotiva canción.

     Unas  cadencias  que surgen de una melodía del  pasado, algo  que susurran  los labios de los protagonistas  del  viejo retrato.

     En  mi  imaginación,  mientras  repaso  sus  siluetas,  me detengo a escucharlos.



                                     *   *   *   *   *   *   *



     Siempre me ha llamado la atención ese retrato.

     En días anteriores, cada vez que penetraba en el salón, y mis  ojos  se  topaban  con  él,  montones  de  interrogantes acudían  a mi pensamiento.

     Como  una  cascada  de  incógnitas,  mi   curiosidad  me invitaba a querer saber de ellos.

     Me  detenía  a fantasear algunos minutos en sus posibles historias.  Quién  sabe  las  vivencias  que se escondían  tras ese instante quieto.

     Cavilaba,  y  mi  imaginación  comenzaba  a  llenarse  de nombres,  fechas,  lugares   y  contextos.   Pero  todo   eran  conjeturas  mías.   La mujer  bien  pudiera  haberse llamado Pepa,  Dolores  o  Pilar,  o  cualquier  otro  nombre.  El del hombre  pudiera  haber sido Juan, Miguel, o Tomás.

     ¿Vivirían o estarían muertos?  Me inclinaba a pensar que yacían  bajo tierra, por los años transcurridos que separaban la  actualidad  del  momento  en  que fue tomado el retrato, aunque quién sabe si todavía vivirían y fueran centenarios. Mas  aún  estando  muertos,  el  rastro  de  sus  vidas  se había quedado impreso en la fotografía,  para mostrarnos la certeza de su existencia.

     Pero no conocía  sus nombres ni sus vidas,  ignoraba lo que hicieron,  dónde nacieron,  o si murieron  y cuándo.  El lugar  donde  vivieron  seguramente pudiera haber sido este donde   me    hallaba,   ya   que   ellos  podrían   haber  sido habitantes   de  este  pueblo,   o   bien  de  otro.   Todo  era posible. Nada aseguraba su procedencia verdadera.

     Ni  tampoco  sabía  los  hijos  que  tuvieron,  ni  los  que perdieron,   ni   siquiera  si   fueron  padres.    Era  todo  un enigma para mí, y por eso me había propuesto averiguarlo.

     Soy   escritora  de   novelas  históricas,   y  siempre   voy investigando  los rastros de  cualquier memoria vivida,  para plasmarlos luego en el papel.

     Recorro  las  calles  de  los   pueblos   prestando  mucha atención a los trazados de estas,  a las construcciones de sus casas  y   monumentos,   hablando  con   sus   habitantes,  y acudiendo  a  las  bibliotecas  o  instituciones  públicas para descubrir documentos perdidos… Todo es interesante para mí. Todo lo que me induzca a revelar los sucesos pasados.

     Después,   lo  analizo  todo,   recojo  los datos que me cautivan   y   los   personajes   que   más  se  prestan  a   ser reflejados en mis narraciones.

     Hablo con los lugareños, escucho sus  historias. Muchas de  ellas  son  apasionantes,  otras son cotidianas. Las mismas historias  vividas en  diferentes tiempos, las mismas penas y las  mismas  alegrías. Pero  todas  tienen  algo  especial, algo que  las hace diferentes. O tal vez sea la persona que me las cuenta,  el  tono  que  les  otorga  a  los  acontecimientos, el misterio que regala a sus protagonistas…

     Llevo  un  mes  viviendo  en  este  pueblo tan bonito, en una  casa  alquilada  que  encontré  muy  bien  de precio. La elegí  por  la  tranquilidad  de  este  sitio.  Y  cuando  estaba limpiándola,  me  topé  con  el viejo retrato,  casi como por casualidad, pues estaba oculto en el desván.

     Me  gustó  de  inmediato su halo de tiempos pasados,  y decidí   colgarlo  en  el  salón.   Como  ya  conté  antes,  me encanta mirarlo cuando tomo tranquilamente mi café  y me sumerjo en mi fantasía.

     Por eso,  quise saber  de ellos.  Y  gracias  a  algunas  de   las  personas  con  las  cuales  conversé  en el pueblo,  logré  conocer  un  poco  de  las vidas de  los  protagonistas del viejo retrato.  Por suerte,  quedan  todavía algunos descendientes de sus contemporáneos. Y me pudieron contar algo.

     Sin  embargo,  una  señora llamada Carmen me informó  mucho  mejor. Por  ella  supe  varias  cosas de la pareja retratada.

     Carmen  es hija de la tía Lorenza,  la  anciana  más  vieja del  pueblo.   Con  sus  ciento  dos  años  aún  sigue  viva  y  aunque  ahora ya no recuerda casi nada de su  vida,  cuando podía hacerlo fue una gran narradora.

     La  tía  Lorenza   siempre  está  sentada  en  una silla a la puerta  de  su  casa.  Va  vestida  toda  de  negro,   desde  el pañuelo  de  la cabeza  hasta  sus alpargatas. Toma  el sol  todos los días,  si  el buen tiempo se presta a ello. Y  a mí me gusta verla, pues sus ojos me transmiten la paz  anhelada  que espera.  Es  como  si  sentada,  se  dejase   arrastrar   monótonamente   por  el  paso  del  tiempo  para que  este  la  hiciese  reunirse   con  sus  seres  queridos,   ya   fallecidos,  habitantes  del  más   allá;  pero sin agobio y  sin prisa.  Sólo murmura  algunas  palabras  y  sus  ropas  viejas despiden  un  olor  añejo,   mas  no me importa, porque  su presencia es el vestigio  de un tiempo olvidado. Ya   casi nadie se viste como  ella.   Escasos ancianos siguen  conservando esa costumbre de estar sentados al sol mirando  como  la  vida discurre a su lado,  sin apenas  ellos intervenir en ella.

     La tía Lorenza le contó a su hija Carmen cuando todavía podía   acordarse  de  las cosas  y  de  los  hechos,   muchos sucesos    ocurridos    en    el    pueblo.    Y   como   fue contemporánea  de  las  personas  del viejo  retrato,  obtuve de esta manera, alguna información sobre ellos.

     Su  historia  es  como la de tantos otros que vivieron en su época.

     Carmen  me  dijo  que,  efectivamente,  es  el  retrato de boda de la pareja.

     Que el hombre fue músico,  que tenía un acordeón  con el que tocaba algunas veces en los bailes del pueblo. Que  ambos  se  casaron.  Que el matrimonio  tuvo  dos hijos,  de  los  cuales,  el  más  pequeño  no   llegó  nunca  a conocer a su padre,  ya que este murió antes de  que naciera su  segundo  retoñoQue  la  pobre  mujer  se quedó viuda muy  pronto,  a los cuatro años de contraer nupcias  con él. Que  lo  mataron  en  una  batalla,  en  nuestra  guerra  civil española, al poco tiempo de que comenzara. Que en la calle donde ambos vivieron,  y en esta casa donde yo habito ahora  y que fue la de ellos anteriormente,  se  libró  un atroz enfrentamiento  entre  los dos bandos.  Y que debido a este hecho,  la  calle  se  llamó  años  más tarde “El muro”,  para dejar constancia de la cruel lucha, en la cual la calle se vistió con los negros ropajes del miedo, del luto y de la sangre.

     Todo  esto  había  sucedido  en este pueblo,  próximo  a Belchite,  donde  también  se luchó,  como  en  tantos otros  lugares  de  las  cercanías,   convirtiendo  así   a  la  hermosa  tierra  aragonesa  en  un mar  inundado por las lágrimas y la destrucción.

     Aquellos  campos  amarillos  de   trigo  se  cubrieron  de montones  de  cadáveres,  aquel  paisaje  seco  fue  abonado con la sangre de tantos seres humanos.

      Por  algunos  de  estos  caminos quedó tirado el cuerpo sin  vida   de  aquel  hombre,   pero  nunca  lo encontraron   y   permaneció   desaparecido  para  siempre, como una más de las tantas víctimas de la guerra.

     Y   su   esposa   tuvo   que   conformarse  con  llorar  su recuerdo,  ya que ni flores pudo ponerle en una  tumba que albergase el amado cuerpo de su marido.

     Carmen  me  aseguró  que la mujer, después de enviudar no volvió a casarse.  Que crió ella sola a sus dos hijos como  pudo, con muchísimas  dificultades,  pero que sin embargo,  crecieron  sanos y fuertes, fundando sus respectivas familias,   dándole   nietos   después,   alegrando un poco su triste vida,  hasta  que  finalmente  ella murió un día de vieja.

     Pero  sólo me contó  esto,  retazos de sus vidas.  No me dijo  nada  de  sus  circunstancias anteriores, quiénes fueron sus     padres,    sus   hermanos,    sus  abuelos.    Cómo   se conocieron, cómo se enamoraron.

     Me   hubiera   gustado   adivinar sus pensamientos,   sus esperanzas y sus dolores. Saber cuánto se amaron, cómo soportaron sus desdichas y cuánto saborearon sus escasas alegrías.

     ¡Hay tantas escenas escondidas en su pasado!  Las cuales nunca   conoceré   totalmente.  ¡Tantos   sentimientos   de felicidad  y de angustia!  Momentos que sólo ellos sintieron. Tristezas, penas, enojos y olvidos.

     Lo   único   que   puedo   hacer,  es imaginar todos estos sentimientos.  Todas   sus   experiencias.   Como el enorme esfuerzo que tuvo que hacer  la mujer para sobrevivir,  para salir adelante y no venirse abajo.

     Me    conmueve   su   dolor    trágico   y   profundo.   Su decepción  para  con  el  destino,   su odio a la guerra que le arrebató a su marido,  como  tantas  vidas  que se perdieron en esa contienda llena de sufrimientos.

     Esta   fue   su historia.    La  que  se esconde tras el viejo retrato.

     Esta  historia  real  que  bien  pudiera  convertir  en  una novela.   E  inventarme   nuevos   sucesos,   contar  lo   que pudieron sentir, los primeros besos que se dieron, sacudir a los lectores con sus vivencias,  con todas sus penas amargas y sus melancolías , con sus sueños perdidos, con sus escasas esperanzas…

     La realidad siempre supera a la ficción, pero esta tiene el poder inmenso de seducir al mundo.

     He  narrado  la historia del viejo retrato,  la vida de unos seres que  ya no existen,  pero  que  permanecen estáticos  y felices  en su retrato  de  boda.   Es  como  si el tiempo, tan efímero y corto les hubiera regalado a ambos la eternidad.

     Por eso, cada vez que vuelvo a mirarlo, me asaltan todos estos  pensamientos.  Se  desborda  mi  imaginación   y me identifico  con sus sentimientos,  porque  además  de haber sido de ellos, también lo son de toda la humanidad.

     Son  los  que  hemos  compartido  a  través   de nuestras experiencias,  de nuestras historias vividas,  al transcurrir de los   siglos.     Son   siempre   viejos   y   nuevos,    son    los sentimientos del ayer, del presente, del futuro.

     Son nuestros desde siempre y para siempre.

     Y  vuelvo  a  experimentar  la  conocida  sensación de la nostalgia, que una vez más acude a saludarme de nuevo.

                                  

                                       *   *   *   *   *   *   *

* Dedicado a la memoria de  mis abuelos paternos.
   

   © Pilar Lou Martin
Todos los derechos reservados.
                         


Nota: La foto que he puesto no es mía. La he cogido de Internet como ejemplo de mi relato.

 Si os ha gustado este relato y queréis leer más relatos míos, podéis leerlos en mi libro "Aromas del atardecer", donde está incluído este relato junto a otros. Son en total treinta y tres relatos de géneros variados.

Os dejo los enlaces por si queréis adquirir el libro. Está en formato digital y en papel.

3 comentarios:

  1. Tienes material para una buena novela. ¡Adelante!

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  2. Un relato conmovedor. ¡Cuántas historias se esconden bajo los viejos retratos! Pacientemente esperan ser sacadas a la luz antes de que el olvido las borre para siempre.

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  3. Muy romántico y crudo a la vez tu interesante relato. Es difícil no mirar un viejo retrato de esos que dejaron tus abuelos tras su desaparición y no imaginarte alguna historia basada en esos , a veces, misterioso personajes que en ellos aparecen. Enhorabuena en tu faceta de novelista. Un saludo.

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